viernes, 23 de diciembre de 2011

Recuerdos

Estamos en 1972 en Francia, más o menos un año. Un hombre joven y una mujer más de lo mismo entran casi a saco en mi habitación universitaria. En seguida me doy cuenta que mi compañero de habitación o los conoce o está con ellos y la sorpresa más la traición me impide pedir explicaciones; resituarlos. La joven me dice que es mi madre, le contesto que yo ya tengo una; me dice que es de antes, no de ahora y me quedo perplejo. No sé de qué estará hablando ni lo que quiere decir, mientras su compañero cambia agresivamente de conversación. Me dice: ¿ Así que repitiendo, eh ? y yo no puedo sino enfadarme. ¿ Repitiendo qué ? pregunto; mi memoria es y ha sido frágil, de manera que lo que se relata a continuación puede ser parcialmente inexacto; me dicen si conozco o me gusta Mélanie, digo que sí; después Gertrude Stein, y no sé si la conocía entonces, creo que no; añaden que me debe de gustar porque la llamé por su nombre: Gertrudis; que así empiezan las relaciones amorosas. Opongo con firmeza, que ese es el nombre de mi madre y me contestan que debo de tener el complejo de Edipo, puesto que la cito . Les contesto que a medias, que no me importaría pegarle un puñetazo a mi padre, pero que no por ello me acostaría con mi madre, que es casi igual de poco afectuosa que él.. Estamos ahora en el final del curso universitario de ese mismo año o del siguiente; he vuelto a casa, y estoy cansado. Mi padre me reprocha algo con insistencia sorda, invade mi espacio y le doy un puñetazo. Uno sólo. Me dice que no le pida nunca nada más (como si yo le hubiera pedido mucho, que nunca le pedí nada). Mi madre primero me riñe delante de él y luego, cuando él no está, me sonríe. Me habla de no sé qué con ella que no entiendo bien, "para después poder ayudarte", creo que me dice. Sólo consumo y cumplo el 50 % de mi Edipismo (un 1% en realidad: un puñetazo en el rostro no demasiado fuerte, pero tampoco flojo, es 50 veces menos (o menos) que un asesinato).

Estamos ahora en el mismo lugar monótono, esta pantalla de ordenador, pero el 20 de diciembre del 2011, o un día después de haber escrito un breve texto sobre Mélanie y su cerebro que han dejado como un hueso de pollo, además de cambiarle la canción. Recuerdo que me dijeron en algún lugar que a mí me habían tenido así 350 años. No sé si esa enormidad es verdad o no. No recuerdo nada. Y me doy cuenta de repente que los invasores de mi habitación universitaria en Francia venían del futuro, en una de las máquinas de Wells, de haber leído lo que escribí hace unas cuarenta horas. Desconocía yo tal capacidad de viaje y de alteración de las cosas y de la información histórica o no. Quién conoce el futuro, busca alterar el pasado, además de la ventaja informativa.

Recuerdo que mi madre de antes, me preguntó si la perdonaba. Claro, ¡qué remedio!, pero que sea sin cheque en blanco, sin reincidencia por su parte. Eso de colaborar para condenar a un inocente no está bien, no debiera ser repetido .

Y ahora estoy escribiendo esto, ante la misma pared, a la ahora del sagrado y soso té de los isleños separatistas y separados y lo hago para dejar bien claro que yo no pacté nada de nada a cambio de darle un puñetazo en la cara a mi padre o un beso a mi madre. Otra cosa es mentira o manipulación de lo que fuese dicho en aquella habitación. Temo que mientan, aprovechando que estoy dormido y no me entero de las cosas, y no sé nada de nada, y digan que yo pacté algo con ellos a cambio de eso. Ni siquiera me quedé muy satisfecho por ello y desde luego yo no lo premedité
-aunque el ego se sintió bien, pero no era, ni siquiera inconscientemente, creo, uno de mis deseos ni una de mis voluntades. Hay cosas aún más serias, séamoslo: las cosas se pueden arreglar hablando. O dejándose de hablar, si hablar es de sordos, algunas veces lo es.